Angélica Michel

            Los recuerdos más lejanos de mi vocación se remontan a cuando salí de 6º año de Primaria; en ese entonces  las Religiosas del Colegio donde estudié, visitaron a algunas mamás para invitarlas a enviar a sus hijas a su Escuela Apostólica, muy en boga en aquellos tiempos, y que era la primera casa de formación para las candidatos a la vida religiosa. A mi casa no fueron y yo me dije: “qué lástima, me hubiera gustado ir a esa Escuela”. Creo que desde entonces se me quedó en la mente y en el corazón, que algún día, yo sería religiosa.

            Durante toda mi vida, las lecturas y sermones de los Evangelios “vocacionales”: el llamamiento a los primeros apóstoles, el seguimiento de Jesús, me sacudían interiormente y los sentía como dirigidos a mí.

            Hice algunos intentos de acercamiento a religiosas, aconsejada por mi Director espiritual, pero las que conocí entonces, no me llenaban del todo. Mientras tanto, me ocupaba de mi trabajo como maestra y de atender a mis papás, que se fueron quedando solamente conmigo en casa, ya que mis hermanos y hermanas se fueron yendo a estudiar fuera o casándose. Siempre aquella idea de la vida religiosa, iba y venía y con la casi convicción de que algún día, Dios me haría ver, con toda claridad, en dónde me quería.     Tenía una especie de intuición de que me quería toda para Él, por lo cual me “guardaba” para Él solo. Por lo menos eso creía yo, pues la realidad era que Quien me guardaba, era Él.

            Cada año hacía Ejercicios espirituales, y la pregunta era siempre: “Señor, ¿qué quieres de mí?” Y la respuesta fue por muchos años la misma: “cuida a tus papás, haz tu trabajo de la Escuela, trae a los niños a Mí, ayuda cuanto y a cuantos puedas”. Gocé a los niños, tanto de la escuela como de mi familia. Pertenecí a la Congregación Mariana, que tenía grupos de Apostolado: Catecismo, visitas a la cárcel, asilos de niños y ancianos, trabajo en Dispensarios, etc. Pero me movía que cada vez más me cautivaba más el Señor Jesús. Mi petición constante era: “Quiero ser Tuya, sólo Tuya, siempre Tuya…”

            La tarea con mis papás llegó a su fin cuando el Señor los recogió a los dos en un mismo año, con diferencia de meses. El dolor fue muy grande, sólo comprensible para quien ya ha pasado por esto. Cuando la herida fue cerrando, volvió a surgir la inquietud por la vida religiosa. Y al hacerse imperativo y urgente encontrar la respuesta clara, fui a hacer varios días de Ejercicios espirituales a donde Él me quiso llevar. Entonces vi con toda claridad que Él me quería para ser Su religiosa. Conocí a la Congregación por un folleto que me dio el sacerdote director de los Ejercicios y al regresar a mi casa, me puse en contacto con las Madres indicadas en el mismo folleto.

    Después de algunos meses de discernimiento con mi Director espiritual, con la Madre del Consejo encargada de las vocaciones y sobre todo con mi Señor Jesús, fui a conocerlas a la Casa General. Desde el primer momento sentí que ahí era mi lugar. Tenía mis temores, pues no era ya muy joven y pensaba que esto iba a ser un obstáculo. Pero Dios tiene Su hora para cada quien y pasaron por alto este “detalle”, así que fui admitida e ingresé el 6 de Enero de 1979.

            No fue fácil el desprendimiento de mis hermanos, sobrinos, casa, terruño, escuela, etc. (a los que por cierto, no pierde uno, sino que los recupera en el corazón de Jesús con más amor). Pero todo fue suavizándose y ante la inmensa gracia de ser “toda y para siempre” del Señor, todo parecía poco. Recordaba una frase de los Ejercicios ignacianos: “ante el amor de Cristo, si respondo con algo menos que la vida, sería una ruindad de mi parte”. Él me fue facilitando todas las cosas y me dio la fuerza, el ímpetu para lanzarme sin mirar atrás.

            Vieran que hay tantísimas cosas que pudiera contarles sobre los signos que me fue dando para que yo viera más y más claro que me quería con Él y aquí, que “no cabrían en todos los libros del mundo”. Pero que baste este botón como muestra, para que vengan a “gustar y ver cuán bueno es el Señor”.

             Y aquí estoy, feliz y realizada, como dicen ahora. No cambiaría mi vida por la de nadie. Él es tan bueno, que sólo puedo vivir en una constante acción de gracias por haberme traído a Él en esta  Congregación a la que amo como a mi Madre. ¡Bendito sea Él por todos Sus dones! 

Hna. M. Angélica, r.c.s.c.j.  

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