Guadalupe Ramos

Es difícil en un folio plasmar la llamada del magnífico don de la vocación a la vida consagrada como Religiosa de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, que ha trasformado mi vida, el proyecto de lo que soñaba ser, las relaciones familiares que deseaba formar, el trabajo, el apostolado, el camino me lo había trazado en mi mente y todo fue transformado, siendo atraída por Él suavemente, compartir mi vocación es experimentar el gran amor que Dios me tiene. Él me llamó un día para compartirlo todo,  vivir en intimidad con Aquel que por amor me ha llamado a seguirle, a acompañarle en la oración, en esa intimidad con Jesús dialogando en silencio, sabiendo de mi pequeñez, mis limitaciones, pero unida a Él alcanzar Gracias de salvación para los hombres del mundo entero.  

Yo era una chica que me gustaba pasear, bailar, divertirme con mis amigos, disfrutaba sanamente de la vida…, y un día me invitaron para asistir a un Cursillo de Cristiandad, y ahí fue “mi caída del caballo” (como le paso a San Pablo) porque a partir de entonces mi vida cambio quería tener por centro a Jesús. Ingrese a la escuela de cursillos y tuve la dicha de participar en dos de ellos uno como rollista y otro como enlace, también era miembro de la vocalía de juventud que entre nuestro apostolado era visitar a gente muy pobre de los alrededores de León, Guanajuato. México, lo que hizo que me cuestionara sobre cómo poder ayudar a tanta necesidad, porque en la pobreza que vivían todos esos hermanos era tremenda y me preguntaba: cómo y en dónde…

El Señor me hizo ver que en la vida contemplativa, porque desde el reclinatorio, de rodillas ante Jesús Eucaristía podía abarcar el mundo entero, arrancando de Jesús las Gracias necesarias para que todos esos hermanos nuestros, es un reto enorme.

Fue un proceso no fácil, ya que me tiraba mucho el ser misionera quería estar viviendo con los pobres materialmente y espiritualmente.

Pero al asistir a la experiencia vocacional con las Religiosas de la Cruz, fue cuando El me lo confirmo, y cómo?.. Pues me sentía feliz, gozaba de los turnos de adoración, la convivencia de la vida fraterna en comunidad, el ver a las hermanas mayores alegres y felices a pesar de sus enfermedades y limitaciones por la edad era fenomenal, el orar por las necesidades del mundo entero, tomando muy en serio todo el dolor de los que sufren,  platicaba con Jesús diciéndole de esos pobres tanto materiales como espirituales que se los encargaba de una manera especial para que tuvieran oportunidades de una vida digna, y ahí fue cuando entendí que abarcaba todo, porque El suscitaría personas que se acercaran a todas esas personas a ayudarlos, y yo en la vida contemplativa tendría más radio de acción, también comprendí que era ofrecerme a favor de los demás, muriendo a mí misma. 

El Carisma de la Congregación fue algo que me impacto enormemente, sobre todo orar por la santificación de los sacerdotes, el ofrecer mi vida en unión a la de Jesús por manos de María Sma. a Dios Padre por el Espíritu Santo, y obtener ese valor redentor, fue maravilloso, y todo desde la sencillez y libertad, porque en nuestro día a día el trabajo es humilde y sencillo, pero hacerlo con amor eso tan pequeño y ordinario, Él lo hace extraordinario y grandioso, como la raíz es lo oculto que nadie vemos pero que hace que el árbol se encuentre sano y hermoso.

Desde que entré a la Congregación en el año 1988, he sido y soy feliz, una religiosa enamorada del Señor, y sé que todo ha sido regalo del Señor que me ama enormemente.

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