Irma Consuelo Peniche

“Salía al encuentro de los que no me buscaban;

decía ‘Aquí estoy’, al pueblo que no me invocaba.” Isaias 65,1.

 

Esta idea de que Dios sale al encuentro de los que no lo buscan y de que El nos amó primero es para mí muy querida y fuente de consuelo y seguridad en mi vida y vocación.

La historia de mi vocación es al mismo tiempo la historia de mi conversión. Nací en una familia indiferente respecto a la religión, pero que aun acostumbraba llevarnos a bautizar y confirmar de pequeños.

En mi niñez y adolescencia nunca fui a la iglesia, excepto al bautizo de mis hermanos menores. No me interesaba la religión para nada. Nunca, hasta pasados los 16 años, sentí deseos de conocer a Dios.

Fue entonces que conocí y me hice novia de un muchacho católico y, por darle gusto, me decidí a recibir instrucción religiosa.  Estudiaba yo inglés en una academia a donde asistían unas religiosas norteamericanas Misioneras de Maryknoll, que estaban aprendiendo español, así que me dirigí a ellas pidiéndoles “me ayudaran a ser una buena católica”.

Ellas, con una pedagogía y respeto admirables, me atendieron, yendo siempre a mi ritmo, no imponiendo nada, respetando mi libertad con mucha delicadeza. Aprendí la doctrina y a rezar primero en ingles, pues en ese idioma me enseñaban las Madres. Fue una época muy bella, a la vez que dura.

Aprender y aceptar la religión católica no se me hizo muy difícil. Siento que en mí actuaba la gracia del bautismo. No hubo grandes luchas respecto a la fe, aunque si fue necesario cambiar algunas costumbres, amistades, etc. Comencé a ir a Misa los domingos y al cabo de seis meses les dije a las Religiosas que ya me quería confesar y me contestaron que ya estaba lista para la confesión y primera comunión. Solo ellas y mi novio lo supieron, aunque ya en mi casa por supuesto se habían dado cuenta de que asistía a la iglesia y respetaron mi decisión. Hice mi primera Comunión un domingo de Pentecostés.

Con este motivo recibí de regalo de mi novio un Misal Diario (yo me preguntaba que Misa se celebraría entre semana, pues ya tenia Misal Dominical), la Historia de un Alma de Santa Teresita y un libro llamado “Los Tres Caminos de la Joven”. Poco a poco mi asistencia a la Eucaristía fue mas frecuente y a los pocos meses, ya iba todos los días.  Al leer la vida de Sta. Teresita y el libro sobre las tres vocaciones de la joven, sentí despertarse en mi la vocación religiosa contemplativa.

Antes de un año termine mi noviazgo por este motivo y poco después, por indicación de un sacerdote que era mi confesor, fui a conocer a nuestra Congregación preguntando que se necesitaba para ingresar a ella. Ya desde el tiempo que estaba recibiendo  instrucción religiosa, me gustaba mucho visitar a Nuestro Señor por las tardes, cuando las iglesias estaban casi solas y estarme ahí en “adoración” delante de Jesús Eucaristía y rezar ahí el rosario.

Nació también en mí, sin que yo recuerde si alguien me lo dijo, el deseo de orar por los sacerdotes, así que cuando conocí a la Congregación no dude de que este fuera mi lugar.  La entrada no se pudo realizar pronto, tuve que esperar varios años, que me sirvieron para madurar en la fe.  Hace ya 44 años que tengo la dicha de haber ingresado a la Congregación y durante este tiempo ha ido creciendo en mí el amor a mi vocación de adoradora de la Eucaristía y el deseo de ofrecerme con Jesús por la salvación del mundo y la santificación de los sacerdotes.

El amor a María también llena cada vez más mi corazón de alegría y confianza. A Ella le encomiendo mi fidelidad al llamado del Señor y por su intercesión pido un aumento de vocaciones consagradas, especialmente para las Religiosas de la Cruz, que sean un verdadero consuelo del Corazón de Jesús.

 

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